Sin voz en la protesta, sin asiento en la combi

Tras el inicio de las labores escolares, la crisis del transporte en Arequipa golpea a miles de estudiantes que enfrentan viajes inseguros y hacinados. En zonas como Cayma y Cerro Colorado, subir a un bus o una combi es una odisea diaria que afecta su asistencia e integridad.

4,746 instituciones educativas públicas retornaron a clases, con un total de 412 mil estudiantes de la región Arequipa.

Son las 7:15 de la mañana y el frío mañanero cala los huesos de los estudiantes arequipeños, el sonido de fondo no es el timbre de un colegio, sino el motor acelerado de una combi y, a lo lejos, los cánticos de transportistas en protesta por el precio del combustible. En medio de este pulso de fuerza entre gremios transportistas y la Municipalidad Provincial de Arequipa, hay un grupo que no tiene voz en las asambleas, ni pancartas en las calles, pero que paga el precio más alto: los estudiantes.

La semana pasada 412 mil alumnos de la región Arequipa retornaron a 4,746 instituciones educativas públicas. Para la mayoría, la clase no empieza al cruzar el portón del colegio, sino al intentar subir a un vehículo en la parada más cercana. En Cayma, el sufrimiento se mide en cuadras. Mientras más abajo vives, peor es. En la parte alta, a unas 15 cuadras del paradero conocido como «Kiokos», la realidad es cruda. Las combis llegan ya llenas desde los puntos iniciales. Aquí, conseguir un asiento es un lujo que pocos conocen.

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La odisea de subirse

Si se sigue la ruta, la situación muta de incómoda a imposible. A la altura del cruce Bolognesi, entre las 7:30 y las 7:50 de la mañana, el paradero se convierte en un punto de aparición y desaparición. Los estudiantes llegan en masa y se van apretados en vehículos que no soportan la carga humana. Cinco minutos más abajo, cerca de la piscina de Cayma, subir a estas horas es cuestión de suerte; para un estudiante con uniforme y horario fijo, es una lotería que casi siempre pierde.

Combis y buses repletas en Zamacola y Cayma sin espacio para estudiantes. Muchos deben ir colgados o simplemente no llegan a clases.

La negligencia no es solo por saturación, a veces es por ausencia. El miércoles pasado, una vecina de la zona alta de Cayma, conocida como «Embajada de Japón», denunció que las combis de la ruta simplemente no dieron servicio. Dejaron a decenas de estudiantes varados en la cima, viendo pasar el tiempo mientras la hora de ingreso se agotaba. Si Cayma es complicado, Cerro Colorado es un laberinto. En las partes altas, como la avenida 54 o Añashuayco, el transporte formal es un espejismo. Los estudiantes deben tomar colectivos informales para bajar hasta el paradero de «Zamacola», en la avenida Aviación.

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Este punto es un embudo. Recibe a toda la población de la parte alta que busca llegar a sus trabajos o centros de estudio. Para los escolares, es un caos. Las combis no se detienen o pasan repletas. La imagen recurrente es la de jóvenes arriesgando la vida, colgados de las puertas laterales, con un pie en el estribo y el otro en el vacío. Ante la desesperación, surgen soluciones peligrosas. Esta mañana, en la zona del Cono Norte de Cerro Colorado, se vio a una camioneta particular recogiendo a un grupo de estudiantes para acercarlos a un punto más accesible. Es una medida ilegal y de alto riesgo, pero para muchos padres, es la única alternativa frente a un sistema que no responde.

Mas de 6 estudiantes en la tolba de la camioneta, Cono Norte, Cerro Colorado, evidencias que la situación es desesperante.

¿La solución privada? Inaccesible para miles. Las movilidades escolares tienen tarifas que oscilan entre los 60 y más de 200 soles, dependiendo la zona y la demanda. Cifras que escapan del presupuesto de familias de la periferia, entonces solo queda el recurso propio. Muchos padres optan por llevar a sus hijos en motocicleta. Sin embargo, esta medida pone en jaque la integridad de los menores. Padres que transportan a dos o más hijos sin casco, excediendo la capacidad del vehículo, son un riesgo que asumen a su propio costo. Es el amor paternal chocando contra la imprudencia vial, una apuesta donde la vida de los estudiantes es la moneda.

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Mientras los transportistas discuten tarifas con el municipio y el precio del diésel marca la agenda pública, los 412 mil estudiantes de Arequipa siguen siendo los grandes invisibles. No generan titulares de protesta, pero sus uniformes arrugados por el apretón de las combis y sus llegadas tardías cuentan la historia real de la ciudad. Ellos seguirán esperando en la parada, con la suerte de que el próximo carro tenga, al menos, un espacio para respirar.

Padres llevan a sus hijos en moto, pero sin las mínimas condiciones de seguridad.

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