El populismo prospera cuando el ciudadano siente que el Estado no responde. En ese contexto, las propuestas simples y cargadas de promesas de resultados inmediatos
resultan atractivas.

Por: Manuel Bedregal Salas
Presidente del IPE Arequipa.
En cada proceso electoral, enfrentamos el dilema entre la tensión que genera la urgencia ciudadana por cambios y la evidencia de que los problemas del país solo se resuelven
con transformaciones profundas que, por su naturaleza, toman tiempo. En un Perú golpeado por la corrupción, la inseguridad, la informalidad, la precariedad de los servicios públicos y la desconfianza en las instituciones, es comprensible que el elector busque respuestas rápidas. Sin embargo, esa búsqueda abre la puerta a un riesgo mayor: el voto emocional que favorece discursos populistas y “soluciones inmediatas”, casi milagrosas.
El populismo prospera cuando el ciudadano siente que el Estado no responde. En ese contexto, las propuestas simples y cargadas de promesas de resultados inmediatos resultan atractivas. Ofrecen alivio emocional, no necesariamente eficacia. La complejidad de los problemas nacionales se reduce a frases efectistas, y la política pública se reemplaza por gestos simbólicos. Pero lo que se gana en impacto retórico se pierde en capacidad real de gobierno.
Ahí surgen las obras sin sustento técnico ni presupuestal, las cárceles salvadoras, la bala como solución y el recorte del control ciudadano para que el iluminado de turno haga
literalmente lo que le dé la gana.
Quienes plantean reformas serias —las que requieren equipo experto, evidencia, gradualidad y firmeza- enfrentan un terreno adverso. Las políticas públicas que funcionan no producen resultados instantáneos. Quebrar los sistemas corruptos, mejorar significativamente la seguridad ciudadana, elevar la calidad educativa o modernizar la gestión estatal, por ejemplo, exigen: continuidad, liderazgo inclusivo y persistente, técnica y paciencia que en un clima de frustración no existe.
El resultado es un círculo vicioso: la ciudadanía, cansada de la ineficacia, vota por propuestas rápidas; esas propuestas, al carecer de sustento, fracasan; el fracaso alimenta más frustración; y la frustración vuelve a impulsar nuevas apuestas emocionales. Así, el país queda atrapado en ciclos de improvisación que nos condenan a retrocesos y oportunidades perdidas.
Romper ese ciclo exige reconocer que el voto no solo expresa un deseo de cambio, sino también una responsabilidad colectiva. No se trata de pedirle al ciudadano que deje de sentir indignación —esa indignación es legítima—, sino de invitarlo a canalizarla hacia decisiones más informadas. La rapidez no es sinónimo de eficacia. Las soluciones duraderas requieren liderazgo serio, instituciones sólidas y políticas públicas que miren más allá del corto plazo.
Como sociedad, debemos exigir propuestas viables, equipos competentes y rutas claras. Y como electores, analicemos detenidamente las propuestas y resistamos la tentación de la promesa fácil. El futuro del país no se construye con impulsos, sino con decisiones que privilegien la evidencia, la responsabilidad y una visión de largo plazo.
Cita
Ahí surgen las obras sin sustento técnico ni presupuestal, las cárceles salvadoras, la bala como solución y el recorte del control ciudadano para que el iluminado de turno haga
lo que le dé la gana.









