El 30 de marzo pasado se recordó el Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar. En Arequipa, 50 mil mujeres laboran en hogares sin derechos reconocido y apenas el 2 % tiene contrato.
Este año, la jornada que conmemora el Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, se encendió con una campaña nacional de lema nítido y urgente, “NoEsAyudaEsTrabajo», pero detrás de esta frase, hay historias que no caben en un eslogan, manos que planchan y barren pisos, que calientan platos y que, a cambio, reciben monedas. Jornadas sin reloj y, a menudo, la invisibilidad.
En Arequipa, se estima que unas 50 mil mujeres ejercen este oficio. De cada diez, solo una tiene sus derechos laboralmente reconocidos y apenas el 2 % cuenta con un contrato formal. El sueldo mínimo, es una cifra que muchas personas jamás ven; los pagos reales oscilan entre 800 y 1.000 soles, y las horas se estiran más allá de lo que la ley permite, la informalidad no es un dato frío, es la regla que en este margen (Ley 310479) suena a promesa que aún espera ser cumplida.
Marleny Robles, secretaria del sindicato de trabajadoras del hogar, conoce ese terreno, no lo estudia en informes; lo vive, a sus 58 años, después de haber comenzado a cuidar niños desde los 12, lleva la voz de un gremio que nació en 2009 entre los pupitres del Colegio María Inmaculada, donde mujeres como ella iban a estudiar después de sus jornadas, al inicio eran cincuenta, para estas fechas ya son 350 afiliadas registradas, pero la realidad las multiplica en silencio.
Una de esas historias llegó hace poco a sus manos. Una mujer de más de 65 años, quien prefirió no identificarse, trabajó 30 años en la misma casa, lavando, cocinando, cuidando espacios ajenos como si fueran propios. Cuando su empleadora falleció, los hijos, que no vivían en la ciudad, la dejaron sola en la residencia que ya no sentía suya, le pagaban 100 soles al mes. Hace un mes, ante la soledad y la falta de sentido, decidió irse, nunca tuvo seguro de salud, ni CTS, ni vacaciones pagadas, solo el cuerpo, que ahora le pesa en los pulmones.
Necesita exámenes médicos y así como el tiempo, el dinero no espera, por ello volvió para negociar con los herederos, que le ofrecieron 200 soles mensuales. Ella llegó al sindicato buscando amparo, pero al haber salido “por su propia voluntad”, el camino legal se vuelve un laberinto. El sindicato intenta localizarla (no tiene celular), rastrear datos, armar un puente donde solo hay grietas.
No es la única historia que se pierde entre el polvo que alguna vez ellas mismas limpiaron. Hace unos años, una joven de Puno llegó a Arequipa con la promesa de estudiar, tenía entre 14 y 15 años, pasando los siguiente cinco años de su vida “encerrada”, cinco años lavando, planchando, cocinando, sin pisar la calle, sin siquiera ir al mercado, escapó cerca de los veinte. Llegó al sindicato alrededor de 2019, con las manos vacías y no sabía el nombre exacto de su empleador, ni la dirección precisa de la casa, sin datos, la justicia se detuvo, nunca regresó. Se perdió, como tantas historias que quedaron en el anonimato de un trabajo que la sociedad insiste en llamar “ayuda”.
“Esto no es caridad. Es un oficio”, repite Marleny. El sindicato acompaña, asesora, deriva al Ministerio de Trabajo y a la Superintendencia Nacional de Fiscalización Laboral, pero no puede fiscalizar por cuenta propia, aunque las denuncias sigan llegando, dos o tres por semana, casi siempre por salarios impagos y jornadas de explotación. La modalidad cama adentro, antes normalizada, hoy representa apenas un 2 % de los casos, pero incluso en esa figura la ley es clara, ocho horas de trabajo, como cualquier otro empleado, cualquier sobrepaso es abuso.
La campaña “NoEsAyudaEsTrabajo” busca romper ese imaginario heredado, quien entra a una casa no viene a “echar una mano”, viene a trabajar, porque las escobas no se detienen, las planchas siguen humeando. Detrás de cada tarea hay un derecho que no debe negociarse con monedas o con costumbres, mientras haya manos que sostienen los hogares, debe haber un estado, una sociedad y una conciencia colectiva que las sostengan a ellas, ya que el trabajo digno no es un favor, es un derecho.
Cita:
“A veces piensan que tú vas a la casa a ayudar y necesitas una limosna. Esto no es ayuda, esto es un trabajo”, Marleny Robles, secretaria del Sindicato de Trabajadoras del Hogar.
Cita:
“Es más, a veces no conocen que hay un sindicato, que hay una organización», Marleny Robles, secretaria del Sindicato de Trabajadoras del Hogar.









