La torrentera que irrumpió el 22 de febrero convirtió la casa de Isabel, de 73 años, en un campo de batalla contra el agua y el miedo: sola, atrapada y al borde del ahogo, resistió más de tres horas en una lucha desesperada por la vida.
El domingo 22 de febrero, Arequipa amaneció con un cielo plomizo, de esos que el «verano» arequipeño dibuja con capricho, nubes grises que se turnaban para ocultar y revelar un sol tímido, como presintiendo lo que estaba por venir. Y lo que más preocupaba a la ciudad, estaba a punto de convertirse en realidad. Alrededor de las 3:00 p. m., las primeras gotas cayeron en la parte alta de Cayma.
Isabel Figueroa de Villegas, una abuela con más de 7 décadas recorridas, recuerda con claridad cada segundo de aquella tarde en que la desesperanza la marcó. «En la mañana (de ese domingo) hablé con el ingeniero de Perú Rail. Le dije que por ahí iba a entrar el agua, pero él me dijo que no, que los vecinos no lo dejaban poner sacos (terreros)», relata con voz quebrada.
«Dios mío, dame valor»
En cuestión de minutos, ya no eran gotas, era una cascada que nacía del cielo, descargando 41 litros por metro cuadrado en apenas una hora y quince minutos, según confirmó el Senamhi. La ola silenciosa se transformó en un rugido. El agua, cargada de lodo, piedras y escombros, bajó como un muro líquido. Y en el departamento 101 del bloque B de la Urbanización Flora Tristán, Isabel, de 73 años, comenzaba una batalla por la vida que duraría más de tres horas.
El suspenso de esa tarde se rompió con el sonido inconfundible del agua avanzando. Salió a ver. La torrentera ya estaba entrando.
Corrió a buscar a Antonio, su esposo de 77 años. «Apóyame, apóyame», le gritó. Su marido, expolicía retirado, acudió al llamado, comenzó a colocar sacos terreros en la reja. Isabel quien se quedó dentro de casa puso plásticos en la puerta y baldecitos para recoger lo que se filtrara. Pensó que con eso bastaría. Se equivocó.

¡Boom, la puerta se rompió! El agua irrumpió con furia por toda la casa. «Empecé a gritar: ¡auxilio, auxilio! ¿Qué hago?». Quería salir, pero el agua la empujaba de vuelta. Si salía por delante, la corriente la tumbaría; si era por atrás, peor. «Dios mío», repetía mientras, las cosas de la casa, muebles, recuerdos y su vida empezaban a flotar, a golpear, a reducir el espacio.
Antonio había salido por la puerta trasera para intentar salvar a sus gallitos de pelea. No volvió a entrar, no podía. El agua, que marcaba su cintura, se lo impidió. Isabel se quedó sola. Eran las 4:00 p. m. cuando todo comenzó.
El agua escalaba minuto a minuto. La sala donde compartía recuerdos con sus nietos e hijos, quedó impregnada con la humedad y el terror. Recuerda que todavía había luz, se repetía “ahorita me voy a electrocutar». Los focos se reventaron. La oscuridad se incrementó. Agua hasta el pecho, luego hasta el cuello. Isabel solo podía mantener la cabeza arriba. «Rezaba para que baje el agua: ‘que baje, que baje'». Buscaba algo a qué agarrarse, una silla para pisar, pero todo se hundía. «No podía, no podía».
En algún momento, perdió la conciencia. «No sé en qué momento me ha desvestido el agua. De la cintura para arriba me quedé sin ropa». Cuando reaccionó, sentía algo helado subirle por la columna. «Dije, no, esto es el fin ya. ¿Qué voy a hacer? Pues así será mi destino». Lloraba. Nadie la escuchaba.
«Somos bomberos, señora. La vamos a sacar».
Eran cerca de las 7:00 p. m. cuando una voz rompió la oscuridad. «Señora, señora». Isabel, arrinconada al fondo, respondió: «Estoy acá». «Somos bomberos. La vamos a sacar. Avance». Pero ella no podía. El lodo también le llegaba al cuello al rescatista. «Me agarró de la mano y con fuerza me jaló, en un momentito me soltó”. Cerré los ojos, pensé: «este es el final».

Gracias al apoyo de la Cruz Roja lograron estabilizarla: hipotermia, golpes en rodillas y codo, dolor de cabeza, cuerpo entumecido. «Hace tres horas estaba en el agua», calculó. Esa noche no durmió. «Todo me repetía. Hasta ahora me repito. ‘Dios mío, gracias por darme la oportunidad de seguir viviendo'».
Para el jueves 26, cuatro días después, la casa de Isabel y Antonio aún tenía lodo en su interior. El agua había cubierto el 75% del primer piso. Todo lo que había dentro, muebles, electrodomésticos, ropa, documentos era inservible, cubierto de barro, roto, perdido. Los daños materiales superan los 60 mil soles. Y los 15 mil soles que Antonio había retirado cuatro días antes para gastos médicos y del hogar, también se los llevó el agua. «Todo, hemos perdido todo, todo», repite Isabel, mientras una mezcla de impotencia y tristeza se apodera de su voz.
Antonio, paciente oncológico, con el sudor en la frente y más cansancio que esperanza, viste ropa prestada de uno de sus cuatro hijos. «No tengo nada, esta ropa es lo que directamente me ha dado uno de mis hijos». Jainor, su hijo, perdió drones, cámaras, computadoras. «Barro, barro», resumió.
Vecinos y familiares siguen sacando lodo. «Yo mismo estoy desde las 6 de la mañana limpiando», dice Antonio, quien no puede hacer esfuerzo físico por su salud, «tengo que hacerlo porque no hay más».
La tragedia de Isabel y Antonio no fue un caso aislado. La tormenta del 22 de febrero dejó un saldo preliminar de más de 500 viviendas severamente dañadas en Cayma, Cerro Colorado, Yanahuara y Sachaca; puentes colapsados; y 4 mil 231 personas afectadas a nivel provincial, según el Gobierno Regional de Arequipa. Siete personas perdieron la vida, entre ellas una adulta mayor de 80 años, arrastrada por una torrentera en Cayma.
La ingeniera Luisa Macedo, subgerenta de Gestión de Riesgos de la Municipalidad Provincial de Arequipa, describió el escenario como «bastante desolador». El colapso de la bocatoma de Zamácola dejó sin agua potable al 45% de la ciudad. La empresa SEAL reportó cortes de energía por riesgo eléctrico. Mientras, brigadas de bomberos, serenazgo, Policía y municipios trabajan contra reloj.

El alcalde provincial, Víctor Hugo Rivera, visitó a Isabel y Antonio. «Es un caso muy especial. Ella siempre está en juntas vecinales apoyando», dijo, prometiendo apoyo con víveres y gestión para duplicado de DNI. Sobre la situación de las viviendas afectadas mencionó que: «una vez que se haga la limpieza completa, vendrán los equipos técnicos a analizar si las estructuras están remojadas». Pero la ayuda, para muchos, llegó tarde o fue insuficiente.
Isabel y Antonio ahora duermen en casa de una nieta, cerca del parque de la Libertad de Expresión. No saben si podrán recuperar su departamento. No saben si las autoridades cumplirán las promesas. Pero saben, con la certeza que da haber tocado el fondo y vuelto, que están vivos.
«Terrible ha sido», susurra Isabel, mirando hacia la ventana donde aún se ve el rastro del lodo. Pero en sus ojos, entre el cansancio y el dolor, asoma un destello. «Dios mío, gracias por darme la oportunidad de seguir viviendo».
Arequipa, la Ciudad Blanca que ha sabido levantarse tras sismos y otros desastres, enfrenta ahora uno de sus mayores retos climáticos. La solidaridad de sus vecinos, la resiliencia de sus adultos mayores como Isabel y Antonio, y la presión ciudadana para que las promesas se conviertan en acciones, serán la brújula en los días por venir.
Mientras, en Flora Tristán, el barro se saca poco a poco. Y con él, la esperanza de que, después del diluvio, siempre puede llegar un rayo de sol.
Dato
Antonio Villegas, esposo de la señora Isabel, tiene cáncer de riñón desde hace 3 años. Para poder recibir ayuda, brindaron el número 996407373 a nombre de su hijo Jainor Villegas.









