La interrupción del ducto gasífero dejó al descubierto la dependencia del Perú del gas de Camisea. El desabastecimiento provocó alzas abruptas en combustibles y balones de GLP, generando incertidumbre, críticas a la gestión estatal y llamados a actuar con responsabilidad.
Por Sergio E. Mostajo C. Periodista
La salida de servicio del ducto gasífero que, antes del incidente, pocos sabíamos que es vital para todos, ha puesto en evidencia, una vez más, nuestra naturaleza autolesiva; nunca mejor dicho: “un peruano es el peor enemigo de otro peruano”.
No pasó un día y el gas desapareció. Nuestro casero ya no nos responde el teléfono; antes sí lo hacía y a cualquier hora. Los propietarios del grifo de la esquina no tardaron en cambiar los precios de las gasolinas, del GNV, del GLP y del diésel. Los subieron, no 50 céntimos, tampoco 1 sol; los aumentaron hasta en ¡5 soles! El balón de gas pasó de 48 a ¡70 soles!, y si quieres, nomás.
La crisis energética que vivimos es gravísima. Nuestra dependencia del gas de Camisea se ha hecho evidente, palpable. Hoy todos, de una u otra forma, padecemos los efectos de esa escasez. Lo sentimos en nuestros hogares, lo sufrimos en nuestros bolsillos y lo evidenciamos a través de la ansiedad, angustia, tristeza y frustración colectiva.
¿Qué pasó? ¿Por qué estamos en esta penosa situación?
Lo de siempre: incapacidad de gestión, desidia, dejadez, corrupción. Es evidente que, desde la construcción del gasoducto, tanto la empresa privada como el Estado se durmieron en sus laureles o poco les interesó elaborar planes de contingencia por si ocurriera un incidente como el que estamos viviendo. Me cuesta creer que nunca imaginaron algo así; me inclino por darle crédito a lo mencionado líneas arriba.
Como ya es usual, aparecen los iluminados que se regodean en esta tragicomedia. Exministros, exviceministros, expertos, opinólogos y hasta candidatos a la presidencia se aprovechan del drama hablando y proponiendo “soluciones mágicas” que van desde construir de forma inmediata otro —o mejor, otros— gasoductos, hasta nacionalizar Camisea, todos buscando jalar agua a sus molinos.
Desde la gran prensa exigen que el accidental y transitorio gobierno de turno adopte medidas para solucionar el grave problema. Hay respuesta: la presidenta de la PCM ha anunciado varias; destacan entre ellas las que nos recuerdan aquellas dictadas en la penosa época de pandemia: teletrabajo, retorno a clases virtuales y otras que, lejos de obtener aprobación, están siendo objeto de feroces críticas.
En lo personal ruego porque la reparación del tramo dañado se haga en menos tiempo del anunciado; difícil, pero no imposible. Además, sugiero emprender una campaña que nos concientice como usuarios y principalmente como ciudadanos de bien.
- No salgamos de casa si no hay necesidad, para evitar el uso del transporte público.
- Evitemos salir a pasear por estos días.
- Caminemos y usemos bicicletas en desplazamientos cortos, siempre con cuidado.
- Racionemos el consumo de gas; usémoslo solo para cocinar.
- Evitemos caer en desesperación y pánico.
- Sigamos y acatemos las indicaciones de las autoridades.
El problema que enfrentamos es complicado; debemos actuar con cordura y sensatez.
Debemos volver a llamar la atención de las autoridades y entidades vinculadas al problema para que trabajen, salgan a la calle e inspeccionen grifos y centros de expendio de combustibles, a fin de evitar la especulación, el acaparamiento y el abuso por parte de comerciantes inescrupulosos.
CITA
“La crisis energética que vivimos es gravísima y evidencia nuestra dependencia del gas de Camisea”.
CIFRA
S/ 70 ha llegado a costar el balón de gas en Arequipa.
DATO
La interrupción del ducto de Camisea expuso la alta dependencia energética del país.









