JTR al día: La zanja de Kast entre Arica y Tacna

El presidente José Antonio Kast anunció la construcción de una zanja en la frontera entre Arica y Tacna para frenar la migración irregular, una medida que genera debate por su impacto real y sus posibles efectos en el Perú.

Por Jorge Turpo Rivas. Periodista

El nuevo presidente chileno, José Antonio Kast, ha anunciado la construcción de una zanja en la frontera entre Arica y Chile, en pleno desierto de Atacama.

La obra, según ha explicado, busca frenar la migración irregular hacia su país.

El mensaje político es claro: al inicio de su gobierno quiere demostrar mano dura frente a un fenómeno que en Chile se ha convertido en uno de los principales temas del debate público.

La realidad de la migración en esa zona dista mucho de la imagen que sugiere la zanja.

La mayoría de venezolanos, haitianos, colombianos y otros migrantes que han llegado a Chile en los últimos años no cruzaron caminando el desierto, una de las zonas más hostiles del planeta.

Ese trayecto no solo es extremadamente peligroso por las condiciones naturales, sino también porque durante décadas existieron allí campos minados instalados por el Ejército chileno.

Aunque una organización belga participó en el retiro de esos explosivos hace unos quince años, nunca quedó totalmente claro si todos fueron retirados.

En Tacna, además, se sabe que quienes suelen atravesar esa frontera por rutas clandestinas del desierto no son principalmente migrantes, sino contrabandistas.

El flujo de personas que busca llegar a Chile generalmente utiliza los pasos formales, como el complejo fronterizo de Santa Rosa, en Perú, y el control de Chacalluta, en Chile. Es allí donde se producen los ingresos, legales o irregulares, muchas veces mediante redes que facilitan el tránsito de personas.

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El caso de los haitianos es ilustrativo. Durante varios años, miles de ellos llegaron a Chile en vuelos directos desde Haití, atraídos por facilidades migratorias que existían en ese país.por la existencia de convenios internacionales.

Ese proceso derivó en un verdadero negocio para intermediarios que cobraban por gestionar viajes y documentos. Es decir, buena parte de esa migración no llegó por el desierto, sino en avión.

Con los venezolanos ocurrió algo similar. Muchos ingresaron a Chile tras recorrer varios países de Sudamérica, pero lo hicieron principalmente por rutas terrestres convencionales o por pasos fronterizos donde los controles resultaron insuficientes. La imagen de caravanas cruzando el desierto es más un símbolo político que una descripción precisa de lo que realmente ocurre en la frontera.

Por eso, la zanja anunciada por Kast debe leerse sobre todo como un gesto político. En términos prácticos, su impacto real para frenar la migración irregular podría ser limitado. Pero en términos de discurso, la obra le permite mostrar que su gobierno está dispuesto a adoptar medidas visibles y contundentes frente a un problema que inquieta a buena parte de la sociedad chilena.

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Consecuencia

Para el Perú, sin embargo, el verdadero problema no es la zanja. Chile está en su derecho de adoptar las medidas que considere necesarias dentro de su territorio: desplegar a su ejército, usar maquinaria pesada o levantar barreras físicas. Ese es un asunto de soberanía.

La preocupación real aparece si esa política migratoria deriva en expulsiones masivas de extranjeros que terminen siendo abandonados en la frontera con el Perú, especialmente entre Arica y Tacna.

Si eso ocurre, el problema migratorio chileno podría trasladarse de hecho al lado peruano.

Ese escenario no es imposible. En varios países del mundo, las deportaciones rápidas o las expulsiones administrativas suelen terminar con personas varadas en zonas fronterizas, sin recursos ni documentos suficientes para regresar a sus países de origen.

Si Chile decidiera aplicar esa lógica con migrantes venezolanos u otras nacionalidades, la presión migratoria recaería inmediatamente sobre el sur peruano.

Ahí es donde entra a jugar la diplomacia peruana.

El gobierno del Perú debería anticiparse a ese posible escenario y establecer con claridad que cualquier proceso de expulsión debe garantizar el retorno efectivo de los migrantes a sus países de origen.

No tendría sentido que personas expulsadas de Chile terminen quedándose en Tacna o en otras ciudades del sur peruano, generando un nuevo problema social y humanitario.

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El desafío, por tanto, no es discutir la zanja en sí misma, sino evitar que sus consecuencias recaigan sobre el Perú.

La migración irregular es un fenómeno regional que involucra a varios países y no puede resolverse simplemente desplazando el problema de un lado a otro de la frontera.

La zanja de Kast, en ese sentido, es más un símbolo que una solución.

Un símbolo de firmeza política frente a la migración. Pero también una advertencia para el Perú: si Chile endurece su política migratoria, nuestro país debe estar preparado para evitar que esa decisión termine convirtiéndose en un problema propio.

Porque, al final, el riesgo no está en la zanja que se cava en el desierto chileno, sino en lo que podría ocurrir del otro lado de la frontera.

CITA
«La zanja busca demostrar mano dura frente a la migración irregular en Chile».

CITA
«La imagen de migrantes cruzando el desierto es más un símbolo político».

CITA
«El riesgo para Perú no es la zanja, sino posibles expulsiones masivas».

DATO
La zanja sería construida en el desierto de Atacama.

DATO
La mayoría de migrantes entra por pasos fronterizos oficiales.

DATO
Migrantes haitianos llegaron a Chile en vuelos directos.

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