El “bautizo de guaguas” hace sátira del bautismo católico, empleando nombres graciosos y roles improvisados.
Cada mes de noviembre, el aroma a pan recién horneado inunda las calles del sur del Perú, pero no se trata de cualquier pan. Con caritas de yeso y formas que imitan a un bebé, las tradicionales t’anta wawas —o guaguas de pan— salen a escena para protagonizar una de las costumbres más pintorescas y queridas de la región: el «bautizo de guaguas». Esta celebración mezcla la fe católica con la herencia andina, dando vida a un ritual donde la risa, la sátira y la amistad se convierten en los ingredientes principales para afianzar los lazos comunitarios.
El decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNSAAC, Francisco Medina Martínez, sitúa esta tradición como un proceso de sincretismo cultural (simbiosis) entre la religión católica (que introdujo el ritual del bautizo) y la cultura de cada región que la hacen única. Por su parte, el investigador Arturo García añade que la tradición viene de Andalucía, España, donde hacían panes con forma de caras con turbante («turcos»), una costumbre que trajeron a Arequipa los españoles que llegaron a vivir allí.
Aunque hoy se le asocia estrechamente con el ambiente festivo de noviembre, los investigadores señalan que esta tradición tiene profundas raíces coloniales y guarda un lazo muy curioso con los carnavales de febrero. Antiguamente, los jóvenes aprovechaban las celebraciones y el calor de la fiesta para acudir a los maizales, lo que provocaba que muchos niños nacieran exactamente nueve meses después. Como una forma de ironizar y bromear con esta etapa, las comunidades comenzaron a parodiar bautizos con muñecos de pan, asignándoles nombres graciosos y padres improvisados.
En Arequipa, por ejemplo, figuras como Juan Mario Meza, presidente de la Asociación de Arte Arequipa “Los Lonccos”, recuerdan que esta ceremonia también cumplía un rol integrador muy importante. El ritual servía como una forma de inclusión social para aquellas mujeres que no podían tener hijos, otorgándoles un espacio de alegría dentro del barrio y convirtiéndolas en respetadas comadres. «Para marcar la diferencia de eso, de lo católico, lo hacían jocoso, de una manera, digamos, chistosa «, comenta Meza al explicar cómo el humor loncco transformaba el espacio en una gran fiesta popular.
Conforme uno recorre el sur del país, la forma de vivir esta tradición cambia de matiz. En Puno, por ejemplo, el significado adquiere un tono más profundo y espiritual vinculado a la cosmovisión andina. El investigador y gestor cultural, César Suaña explica que la muerte no se ve como un final, sino como el paso a otra vida, por lo que los difuntos que retornan en noviembre son recibidos con una wawa de pan que lleva la mascarita del oficio que la persona tenía en vida. «Dependiendo de qué rol y función tú tenías en la vida, te ponen la mascarita, porque se supone que cuando vuelvan a ser en la otra vida vas a seguir siendo policía, enfermero, maestro, abogado, médico», detalla Suaña.
Por el contrario, en ciudades como Cusco y Arequipa, la celebración se inclina fuertemente hacia la representación teatral y la sátira social. Francisco Medina destaca que el ambiente festivo se apodera de todo noviembre, exceptuando cuidadosamente el 2 de noviembre. «El día primero es el día de los vivos, el 2 es el día de los muertos y a partir del día siguiente todo el mes… las instituciones hacen sus bautizos de guaguas, pero menos el día 2 porque es el día de los muertos», señala el especialista sobre el respeto a estas fechas.
En la Ciudad Blanca, por su parte, investigadores como Arturo García detallan que la dinámica se centra en la clásica recreación del bautismo católico dándole el toque humorístico y satírico por medio del juego de palabras. Esta celebración, según indica, a diferencia de otras regiones se da el 1 y 2 de noviembre. “Justo en esos días las familias se vuelven a encontrar después de tiempo. Entonces no hay mejor motivo que esa reunión familiar para hacer un bautizo de guagua (…) Es más, después del primero y el dos ya es menos probable que se hagan las guaguas”, agregó.
A pesar de que muchas familias han dejado de realizar el bautizo por el avance de la modernidad, la llama de la tradición sigue latiendo con fuerza gracias a la autogestión de barrios, mercados y municipalidades —como ocurre en el distrito arequipeño de Sachaca— que organizan festivales anuales para escenificar la ceremonia y regalar sonrisas a grandes y chicos. Sin embargo, los expertos coinciden en que el desafío actual es enorme frente a la globalización y la falta de impulso institucional.
Ante este panorama, voces como la del decano Francisco Medina lanzan una advertencia necesaria sobre el rol de las autoridades: «Eso estamos descuidándolo, voy a decir con toda sinceridad, las autoridades que tenemos el día de hoy no están trabajando lo que son sus raíces, que son tradiciones, cultivar lo que a nosotros nos identifica como cultura». Al final del día, el «bautizo de guaguas» en el sur peruano demuestra que la identidad cultural no solo sobrevive en los libros de historia, sino en cada pan compartido, en cada carita de yeso coleccionada por los niños y en el compromiso de cada familia por transmitir de generación en generación la alegría de sus pueblos.
El agua bendita usada en la celebración, suele reemplazarse por anís, vino, pisco o chicha de jora, con los que se rocia simbólicamente la t’anta wawa.
El origen de las guaguas de pan coincide con la aparición de los buñuelos arequipeños y los juegos de caretas para niños, según cuenta el investigador Arturo García.
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