El padre que rompió el molde

A los casi 70 años, Bartolomé Vilca celebra este Día del Padre orgulloso de haber roto el ciclo de dureza que marcó su infancia en Puno. Dejó el campo a los 13 años para forjarse como ebanista en Arequipa y Lima, y hoy, con más de 40 años de oficio, reivindica que la herencia de trabajo de su padre se transformó en apoyo y ternura para su propia familia.

Bartolomé Vilca celebra este Día del Padre acompañado de sus 4 hijas y 6 nietos.

Hoy, como cada tercer domingo de junio, muchos recuerdan con alegría y orgullo a sus progenitores. Celebran esa figura que tantas veces se mide en sacrificios silenciosos, en las manos curtidas por el trabajo y en decisiones que marcan destinos. Bartolomé Vilca, no solo celebra este Día del Padre por las cuatro hijas profesionales que crió junto a su esposa María Isabel, ni por los seis nietos que llenan su vida de ruido y alegría; lo celebra por una historia que no cuenta a menudo, pero que describe su talante como patriarca y que se remite a su vínculo con su propio padre.

Bartolomé es un hombre que frisa los 70 años de edad. La vida suya, como la de aquellos que se criaron en los hostiles campos del altiplano, fue durísima. En ese espacio donde el frío arreciaba como látigo y había que preparar la tierra, siendo él aún un niño, sentía que aquello no era lo suyo. Por entonces, el pequeño Bartolomé no lo sabía, pero sus manos no tenían que cultivar la tierra sino tallar de manera exquisita la madera. No iba a ser un agricultor sino un ebanista.

Quien ve por primera vez a Bartolomé se contagia de su alegría que parece inagotable y que se abre paso en sonrisas. Su cabeza, cada vez más despejada, deja ver claros de piel entre los hilos plateados que se entremezclan con sus cabellos oscuros. Su mirada rasgada apenas permite distinguir sus ojos negros que, probablemente, han visto más que muchos de nosotros.

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Bartolomé Vilca nacio el 24 de agosto de 1958, este año cumple 68 años.

Va vestido casi siempre con un chaleco, ya sea de botones o entero, por debajo acompaña con algún polo o camisa, que por lo general llega hasta los codos, lugar donde resaltan sus manos como las de Hefesto y con las marcas que un maestro ebanista, con más de 40 años de experiencia, ha pulido. También lleva un jean grueso y zapatos negros que tienen casi las mismas arrugas que su dueño. Y siempre lustrados.

Distinto a su padre

Su sonrisa y personalidad bromista esconden al niño que cambió su propia historia, la misma que comenzó lejos de Arequipa, en el frío tenaz de Puno. Bartolomé tenía apenas 13 años cuando entendió que el amor de su padre no era como pensaba. Su papá, un hombre de campo, recio, de esos que la época cataloga como “amargados” y severos, tenía un plan prescrito para él.

Para el señor Vilca (su padre), haber terminado el quinto año de primaria era más que suficiente. Desde su perspectiva, él le estaba ofreciendo a su hijo lo mejor que él mismo había tenido en toda su vida. Una vida en el campo: dando comida a los animales y trabajando la tierra. Bartolomé, desde la inocencia y la terquedad de su niñez, sabía que no había nacido para el arado. 

A mediados de diciembre, cuando el año escolar terminaba y el rigor del campo parecía marcar cada vez más su futuro, tomó una decisión: se escapó. Subió a un camión de frutas sin conocer la ruta o su destino,  terminó en el Mercado Palomar, en Arequipa. La ciudad era un laberinto. Mientras caminaba pensando lo que podría hacer, un hombre, que no conocía, le ofreció trabajo. “Subí a su carro y me llevaron a Vitor, me dio desayuno y poco después me llevó a sus chacras”. La ironía de la vida lo condujo a otro campo.

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Bartolomé Vilca le dio un giro a la paternidad en su familia

Con el paso del tiempo conoció a una empleada del lugar, una joven de 18 años, a quien tuvo que convencer para que lo regresara a la ciudad. Así, Bartolomé terminó en un restaurante de la calle San Juan de Dios donde se desempeñó como mozo, cocinero y hasta lavaplatos. Con 17 años, Bartolomé decidió regresar a Puno para visitar a sus padres. 

Al llegar a la casa no hubo algarabía, aquel fue un día más entre todos los que su familia tenía. Aprovechó el reencuentro para proponerle a su padre que lo apoye en sus estudios, pero la respuesta fue muy parecida a la del pasado: debía vivir en el campo. Ese día, Bartolomé entendió que la visión de su padre era muy distinta a la suya. Volvió a Arequipa, y tras algunos reproches sobre si seguir lavando platos, logró ingresar a la mueblería “Miraflores”. 

Una nueva paternidad

Conforme pasaron los años, aprendió a trabajar y la “laquear” (pintar muebles) la madera. Posteriormente, partió a Lima donde se forjó como ebanista y llegó a ser jefe de área en una empresa dedicada a tallar madera, pero la vida en la capital no logró seducirlo, por ello retornó a la Ciudad Blanca.

En ese camino de buscarse, decide terminar sus estudios. Gracias a esa última decisión conoce a María Isabel, ahora su esposa. Después de 8 años de enamorados, deciden casarse y tener a su primera hija hasta llegar a la cuarta pequeña. Al convertirse en padre de cuatro niñas, se miró al espejo y resolvió que el ciclo que había mantenido su padre terminaba con él.

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Desde los 20 años trabajó con la madera, hoy tiene su propio taller y da trabajo a dos personas.

“Yo rompí con eso. Para mí no existía esa dureza”, afirma hoy. Mientras su padre le había cerrado algunas puertas por considerarlas innecesarias, Bartolomé se volcó en construir figurativa y literalmente esas “puertas”. Hoy, el balance de esa decisión es su mayor orgullo. Sus cuatro hijas son profesionales. La herencia del silencio fue reemplazada por la comunicación; la limitación, por el apoyo incondicional. Y la familia creció. Bartolomé es abuelo de seis niños y adolescentes, a quienes trata con la dulzura que le fue negada en su infancia.

El tallador de madera no guarda rencor. Con la sabiduría que le dieron los años y las manos curtidas por la lija y el tiempo, entiende a su padre. Reconoce que de él heredó algo fundamental y valioso: el trabajo. “Desde muy niño siempre nos ha dicho: a trabajar. Eso es lo que nos ha quedado”, rememora. Esa disciplina es la que le permite seguir en pie, adaptándose a los nuevos tiempos. De su padre heredó las manos para trabajar, pero de sí mismo, Bartolomé aprendió a ser un poco más papá. 

Dato

Bartolomé Vilca nació en Puno y vivió los primeros años de su vida en la provincia de Melgar.

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