El comedor de la esperanza de la clínica San Juan de Dios

Entre ollas humeantes, voluntarios y largas caminatas de adultos mayores, la Clínica San Juan de Dios sostiene una labor altruista desde el año 2020, entregando alimentos a personas vulnerables . Un refugio que creció cuando el hambre golpeaba más fuerte que nunca

Adultos mayores calman su hambre gracias a la clínica San Juan de Dios

Fotos: Yván Salcedo
Es sábado 13 de junio por la mañana. Mientras la ciudad despierta lentamente, un grupo de voluntarios ocupa la cocina del comedor Hermano Francisco Camacho, en la Clínica San Juan de Dios. Allí preparan el almuerzo para quienes más lo necesitan. No hay salarios ni contratos. Solo la convicción de que nadie debería pasar hambre.

Cada semana alrededor de 120 adultos mayores y personas con discapacidad llegan para saciar el hambre de varios días, incluso desde los distritos más alejados de Arequipa. “Somos el brazo social de la clínica San Juan de Dios”, explica Edwin Delgado Sotelo, jefe de Cooperación y Solidaridad. Desde esa oficina se articulan obras solidarias como el comedor que abre sus puertas sin distinción.

“Francisco Camacho nació con la intención de suplir la ausencia de atención de otros comedores que ayudan a personas en situación de vulnerabilidad. Todo lo que hacemos es con ánimo de servicio, sin fines de lucro”, añade Delgado Sotelo.

Cientos de personas en situación de vulnerabilidad encuentran en plato de comida en la clínica San Juan de Dios.

Inició en pandemia

La historia del comedor tiene raíces en la época de la pandemia del COVID-19. Cuando las restricciones paralizaron la ciudad y la incertidumbre dominaba las calles, personas necesitadas se acercaban a la capilla de la clínica en busca de algo para comer. No importaba si era un pan de varios días o un vaso de agua.

El padre César Arroyo, miembro de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, recuerda que al principio compartían los alimentos que recibían como donación, pero la necesidad era mayor. Fue entonces cuando buscaron aliados, tocaron puertas y reunieron voluntades. Así comenzó esta obra silenciosa que ha sobrevivido por años.

Después de concretar el proyecto, los voluntarios se acercaban a las filas de los abarrotados comedores populares y a otras iniciativas solidarias que suspendían su atención los sábados. Invitaban a acudir al comedor a quienes quedaban sin acceso a una alimentación. Al comienzo eran 20 personas. Luego 40. Después 70. Y ahora superan los 100 comensales.

El 87 % de quienes asisten son adultos mayores. El resto corresponde a personas que enfrentan distintas situaciones de vulnerabilidad, incluyendo algunos casos de personas en situación de calle. “Damos continuidad al mandato que Jesús, a través del evangelio, nos instruyó: darles de comer a los más necesitados”, reflexiona el padre César Arroyo.

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Los voluntarios ayudan a saciar el apetito de los más necesitados.

Los héroes silenciosos

Mientras tanto, en la cocina, la actividad se intensifica. La preparación de los alimentos empieza alrededor de las ocho y media de la mañana. Cada sábado participan en promedio catorce voluntarios. Algunos son trabajadores del nosocomio que dedican su día libre a servir. Otros provienen de la capilla, de universidades, institutos o grupos ciudadanos que se han sumado a la causa.

Entre ellos hay estudiantes de la Universidad Católica San Pablo, jóvenes del Instituto San José Oriol y participantes de diversos convenios de voluntariado. Todos cumplen tareas distintas: cocinar, servir, ordenar, limpiar o simplemente conversar con los beneficiarios que ocupan el comedor desde muy temprano.

A las diez y veinte de la mañana se abren las puertas. Sin embargo, algunos usuarios llegan mucho antes. Hay adultos mayores que parten desde los distritos más alejados de la ciudad y emprenden largas travesías para asegurar un lugar en la fila. Algunos salen de casa antes del amanecer. Otros llegan acompañados por familiares. Todos esperan pacientemente durante horas porque saben que, al final de la jornada, encontrarán un almuerzo caliente y un trato amable.

En fechas especiales, la celebración adquiere otro significado. Para el Día de la Madre hubo pollo al horno, papa a la huancaína y postres preparados especialmente para ellas. En Navidad se organiza un almuerzo distinto. Y para el Día del Padre ya se proyecta una nueva celebración.

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El comedor busca expandirse para albergar a más adultos mayores.

Quieren expandirse

Los responsables del comedor sueñan con ampliar el número de beneficiarios. En ocasiones han logrado atender hasta 165 personas en una sola jornada, aunque reconocen que actualmente la infraestructura y los recursos disponibles limitan la capacidad a unas 120 raciones por sábado.

Cuando los últimos platos son servidos y las ollas quedan vacías, la satisfacción de los voluntarios no se mide en cifras, se refleja en las sonrisas, en los agradecimientos discretos y en la certeza de que, al menos por un día más, decenas de personas no tendrán que enfrentar el hambre. El comedor Hermano Francisco Camacho sigue demostrando que un plato de comida también puede ser una forma de esperanza.

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Dato:

En 2020, el comedor Hermano Francisco Camacho empezó a atender con pequeñas donaciones.

Cifra:

120 personas vulnerables atienden los voluntarios cada fin de semana.

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