Tolconi, ubicado en las zonas altoandinas de Arequipa, celebró el «Chaccu Nacional de Vicuñas 2026» en medio de un mar de camélidos sudamericanos. La región sureña, a punta del esfuerzo de sus comuneros y manteniendo vivos sus rituales ancestrales llevó a cabo la esquila que busca la obtención de una de las lanas más finas del mundo. El chaccu moderno, aunque con nuevos instrumentos, manteniendo viva la conexión con la naturaleza.
A más de siete horas de la ciudad de Arequipa, serpenteando por una carretera que tiene más baches que señalización, se esconde el Centro Poblado de Tolconi. Ubicado en el distrito de Chachas, provincia de Castilla, en este rincón a más de 4 mil 600 metros sobre el nivel del mar se respira un frío que cala los huesos. Sin embargo, hoy, paradójicamente, arde con el calor de un logro colectivo. Aquí, donde el viento es cada vez es más gélido, una población de vicuñas ha renacido un hecho que se debe al esfuerzo de una comunidad que aprendió a levantarse por su propia cuenta. Este trabajo de largo aliento culminó en el «Chaccu Nacional de la Vicuña 2026», la esquila comunal más grande de todo el Perú.
El pasado martes 2 de junio, el silencio ancestral de los andes arequipeños se quebró con el bullicio de más de 250 comuneros. Integrantes de las asociaciones Apromavit, Huaytapalca y Ascovi orquestaron la concentración de alrededor de 6 mil vicuñas. No fue un simple arreo: fue el Chaccu, un ritual andino de origen preincaico que trasciende la mera captura y esquila constituyendo un acto sagrado de respeto y posterior liberación hacia este majestuoso animal silvestre. En Tolconi, este sueño germinó en 1996, cuando se fundó el Comité de Protección de la Vicuña bajo la visión pionera de Don Alejandro Alcasihuincha Cueva, quien sembró la primera semilla de lo que hoy es un bosque de esperanza.

Sin embargo, el camino hacia esta abundancia no fue para nada llano, hubo muchas dificultades que superar. Santos Morochara Coropuna, un septuagenario cuyas arrugas cuentan la historia viva de Tolconi, recuerda: «Anteriormente, hace 25 años, había poca vicuña». En aquellos días de escasez, apenas lograban atrapar entre 10 y 20 ejemplares. No había maquinaria ni tecnología; la captura era un arte rudimentario aprendido casi a la fuerza. El trabajo fue guiado por técnicos del Ministerio de Agricultura que, hace décadas, les enseñaron los primeros pasos de un manejo que hoy ya dominan.

Resulta que el verdadero enemigo no era la falta de conocimiento, sino la codicia humana. Santos narra con la crudeza de quien vivió la época donde los cazadores furtivos se presentaban en abundancia. Hombres venidos de Bolivia, Juliaca y de Orcopampa se infiltraron en los cerros con intenciones letales. «Entraban con ropa camuflada y en los cerros se quedaban, han matado a la gente por atajar las vicuñas», detalla el anciano cuya mirada se endurece al recordar cómo la comunidad tuvo que librarse de una verdadera guerra para defender su patrimonio. Amenazas y muertes marcaron esa época, hasta que la comunidad, unida como un solo puño, logró expulsar a los depredadores y reclamar su derecho a proteger la vida silvestre.
Sin sacrificio no hay victoria
Hoy, al ver el mar de auquénidos que recorren los cerros que en algún momento él también recorrió, el rostro de Santos se ilumina con una alegría innata. «Ahora se ha repoblado, doble, triple», celebra, orgulloso de saber que sus hijos, nietos e incluso las nuevas generaciones, crecen entendiendo que la lana de la vicuña es el fruto de un cuidado celoso.
Este milagro demográfico no es una casualidad, sino el resultado de un engranaje bien aceitado entre la comunidad y el Estado. Marco Arenas Aspilcueta, titular de la Dirección de Gestión Sostenible del Patrimonio de Fauna Silvestre del Serfor, lo confirma con cifras en mano. Tras un censo en 2025, la población nacional de vicuñas superó los 361 mil ejemplares y en la cúspide de este logro brilla Arequipa, la región que ahora custodia la mayor población del país con más de 81 mil ejemplares, consolidándose como el bastión indiscutible de la conservación.


No obstante, este crecimiento conlleva una responsabilidad administrativa muy rigurosa. El proceso está diseñado para garantizar la sostenibilidad. Las comunidades deben solicitar el usufructo de la fibra a Serfor, presentando planes de manejo que los gobiernos regionales supervisan. Cada vicuña esquilada es pesada minuciosamente, antes y después del proceso. Si una comunidad desea dar un paso más en la cadena de valor -ya sea para exportar, vender o transformar la fibra en ropa- debe obtener permisos adicionales, incluyendo el prestigioso sello de calidad «Marca Vicuña Perú». «El gran desafío ahora es darle valor agregado», señala Arenas Aspilcueta, subrayando que la vigilancia contra la caza furtiva y el bienestar animal son pilares innegociables en esta cadena donde intervienen desde el Estado hasta las empresas privadas.
El inicio del chaccu
Para comprender la magnitud de esta hazaña, hay que escuchar a Héctor Condori, presidente del comité organizador, quien describe el Chaccu como una coreografía de 15 días de duración. Todo comienza en la oscuridad más absoluta. A la una de la mañana, mientras el frío muerde la piel, el fogón en Tolconi ya echa vapor, preparando el desayuno para los valientes que a las 3:00 a. m. suben los cerros. No es una cacería, es un arreo guiado por la paciencia. Utilizando motos y banderolas de colores que ondean como alas en el viento, los comuneros van acorralando suavemente a los animales.


La magia del chaccu reside en su método ancestral adaptado a los tiempos modernos. «La gente se coloca en ambos extremos de los brazos del embudo formando una línea recta», explica Condori. Con las cintas de colores extendidas, avanzan lentamente, creando un lazo humano que guía a las vicuñas hacia el corral sin causarles estrés. Una vez dentro, se separa a las crías para protegerlas del maltrato, y comienza la esquila bajo la estricta supervisión de las entidades competentes.
El fruto de este esfuerzo es tangible, en la campaña anterior se obtuvieron 430 kilos de fibra, la cual, una vez registrada, se negocia en el mercado a un precio que oscila entre los 300 y 340 dólares por kilo, una inyección vital para la economía local.
En medio de este torbellino de actividad se encuentra Willian Huayhuacuri. A sus 22 años, con la sangre de Tolconi corriendo por sus venas, este joven ha pasado los últimos días arreando vicuñas por las laderas. «Es un proceso cansado, sí, pero entre todos nos ayudamos», confiesa, mientras el aliento se le escapa en nubecillas blancas por el frío. Para Willian, levantarse de madrugada y bajar los cerros no es una carga, sino un rito de paso, una forma de honrar a sus padres y abuelos, asegurando que el legado no se pierda en su generación.


Su padre, Milton, observa la escena con la sabiduría de quien conoce las raíces profundas de la tierra. Él explica que, aunque hoy usen plásticos y fierros para las mangas de captura, la esencia es inmutable. «Anteriormente no eran fierros, sino piedras levantadas», detalla, recordando cómo sus tatarabuelos realizaban el baile del Wari antes de que los animales ingresen al corral. «Wari, wari», repetían, invocando al animal silvestre. Para Milton, el chaccu moderno es la misma danza ancestral, solo que con nuevos instrumentos, manteniendo viva la conexión espiritual con la naturaleza.
Mamitas tejedoras
Pero Tolconi no pone todos sus huevos en la misma canasta. Además de la vicuña, la comunidad respira a través de sus alpacas y sus truchas. Es aquí donde brilla el trabajo de las mamitas como Elvira Mamani, representante de la asociación de artesanía «Sumac Tikary» (que en quechua significa «flor bonita»). Desde hace cuatro años, ella y las 15 socias han tejido un microcosmos de producción. «Trabajamos con alpaca al 100 %», explica Elvira, detallando un proceso que va desde la esquila selectiva hasta la clasificación por calidades. De sus manos surgen chullos y chompas que, desde 50 a 250 soles, no sólo abrigan el cuerpo, sino que permiten tejer la independencia económica de las mujeres de la comunidad.


Si hay un faro que ilumina el camino a seguir, ese es el ejemplo de Alejandrina Mercado. Originaria del distrito de Yanque y fundadora de la asociación Acomacasa, ella representa la meta soñada por los pobladores de Tolconi.
Alejandrina no se conformó con vender la fibra sucia; emprendió la titánica tarea de dominar toda la cadena productiva. Con todos los permisos de Serfor y la codiciada «Marca Vicuña Perú», su asociación transforma la fibra mediante el desheredado, lavado, hilado y tejido. Hoy, desde su local ubicado en el tercer patio de los Claustros de la Compañía en Arequipa, vende sus prendas. Productos que no solo van al mercado nacional, sino que exporta estolas y mantas a países como Estados Unidos. «Es muy importante darle valor agregado para cambiar la calidad de vida de las mamitas», insta, ofreciendo su experiencia como un mapa para las comunidades.


El sueño cumplido de Tolconi
Al final de la jornada, cuando el sol comienza a ocultarse tras los nevados, la imagen es contundente. El señor Santos, que en su juventud veía con tristeza cómo apenas atrapaban 20 vicuñas, hoy contempla un mar de más de 6 mil ejemplares, una cifra que Serfor asegura que es aún mayor en la realidad. Este milagro no es obra de la casualidad, sino del trabajo colectivo, de esa red de apoyo mutuo que caracteriza a un centro poblado que aprendió a levantarse por su propia cuenta. Arequipa se erige, así, no solo como la región que preserva con mayor celo a la vicuña, sino como la guardiana de una insignia viva que, desde el escudo nacional, mira con orgullo a todos los departamentos del Perú, demostrando que cuando el hombre camina de la mano con la naturaleza, el desierto puede florecer en oro.
Dato
El chaccu se desarrolla principalmente en regiones como Arequipa, Ayacucho y Junín. También en Puno, Cusco y Huancavelica.









