Meditaciones arequipeñas | Reyezuelo

Sabía ser mordaz. Como cuando le cuestioné la restricción de la calle San Agustín para el Festival del Libro, y dijo que era peligroso atraer a tanta gente. Le insistí en que durante la fiesta del Corpus Christi no tienen ningún problema en aglomerar cientos.

Por: Jorge Luis Quispe

Se va Víctor Hugo Rivera sin pena ni gloria. Insistió tanto —tres veces, si la cuenta no me falla— para que por insistencia y raspando, a la cuarta, gane la alcaldía. Y este es su final, totalmente prescindible. Se va, o lo retiran sería mejor decir, dejando el pasaje a 1.30. Arequipa no lo recordará de otra manera.

Me gustaría aquí discurrir respecto a dos detalles que no me parecen menores, los cuales pueden constituir un par de apuntes si alguien se da la tarea de esbozar un perfil del saliente alcalde. A saber. Ni bien pasaron tres días desde que asumió, quiso que se le llamara “señor alcalde” y no “señor Rivera”. Tamaña ridiculez ocurrió en un evento del tres de enero del 2023, cuando los medios le cuestionaron el hecho de haber cambiado el tradicional rojo carmesí del municipio provincial por el horroroso celeste que caracterizaba su fenecida agrupación política. Desde aquella ocasión, un ojo bien abierto podría haber advertido la médula de su personalidad.

A lo largo de sus intervenciones en la prensa —no en todas, pero sí en la mayoría— el señor Rivera hacía crujir los huesos de su cuello antes de responder a los periodistas, moviendo la cabeza a la derecha y a la izquierda, como si se estuviera preparando para una lucha mano a mano. Bien escuchadas, en algunas de sus respuestas revelaba o exhibía un tono desagradablemente condescendiente, como si él, en su omnipotencia, nos estuviera haciendo un favor a nosotros, los caóticos habitantes de una ciudad frenética y desordenada.

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Pero lo que indignó más fue cuando se realizaban los eventos gastronómicos, tanto en la Plaza de Armas como en el espantoso domo de la avenida Parra. El aún alcalde se acomodaba bien en su mesa, protegido del sol y presto a ingerir las generosas viandas que no dejaban de llegar a su poder. Rivera comía y bebía como si no hubiera un mañana, grotesco espectáculo que golpeaba la sensibilidad de los testigos y, más me temo, de su propio equipo, los cuales se limitaban a esperar de pie, viéndolo comer y hasta en el sol. Lo “importante” era estar ahí, para lo que sea que pida y exija el reyezuelo saliente.

No sé ustedes, pero en lo que concierne a mi entender, eso era deleznable. No se puede hacer eso porque no solo es de mal gusto, sino que era una afrenta para sus propios trabajadores. Yo fui airado testigo de este escenario hasta en tres ocasiones. No me consta que haya pasado siempre, pero ya saben: si pasó una vez, pasó más veces. Evidentemente, esto solo lo pueden advertir los que nos soleamos todos los días cubriendo las noticias del cercado.

Sabía ser mordaz, sarcástico, cachaciento. Como cuando le cuestioné la restricción de la calle San Agustín para el Festival del Libro, y dijo que era peligroso atraer a tanta gente. Le insistí en que durante la fiesta del Corpus Christi no tienen ningún problema en armar estrados y aglomerar cientos de asistentes en la Plaza de Armas y aún en las procesiones, para lo que me dijo: “Con Diosito no me meto”.

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O hace apenas unos días. Le pregunté si estaba seguro de que terminaba su gestión en diciembre y me dijo: “La Virgen de Chapi me ha dicho que sí”. Parece que la virgen le falló, o quizá lo más probable es que la Virgencita no se haya querido comprometer con el finiquitado alcalde.

Como sea, por más que parezca, esto no debe leerse como un obituario, sino como un esbozo de quien estuvo al mando de la municipalidad por tres años. El caso se suma a la innumerable lista de autoridades que se obnubilan con un poco de poder, lo que exhibe su escasa formación y corrobora que ningún título académico ni cargo político le iluminan el cerebro a quien logra llegar.

Si tuvieran la mínima pizca de educación cívica o filosófica, sabrían que el poder es efímero, que nadie los recordará con la mística que ya nadie persigue y que lo mejor que pueden hacer es su trabajo respetando la dignidad de los demás. Aspirar a la inmortalidad es cosa del pasado; a lo mucho, uno puede grabar mínimamente su impronta en el colectivo social en casos excepcionales, como en el del pasaje.

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Si el señor Rivera hubiera tenido los pantalones bien puestos y no se hubiera dejado mangonear por los transportistas, manteniendo el pasaje urbano a 1 sol, estoy seguro de que decenas de pobladores marcharían exigiendo que se mantenga en el cargo. Y voy más lejos: hasta habría podido tentar con éxito una reelección e incluso el gobierno regional. Total, la guerra ya amainó, solo era aguantar la presión unos días más.

Pero no, Víctor Hugo, se va usted, ni siquiera por voluntad propia, sino que lo sacan por la más cándida de las faltas: usar fondos públicos para pagar a quien pasee a su perrito. Lo entiendo, yo también quiero mucho a mis mascotas, tengo un perrito y más gatos de los que me gustaría creer, pero los alimento y paseo solo, paro mi pleito solo.

Ya me extendí lo necesario. Ojalá la alcaldesa Ruccsi Oscco, con su espontaneidad y su júbilo, pueda amenguar el desastre del transporte y el PDM.

Frases

Se va, o lo retiran sería mejor decir, dejando el pasaje a 1.30. Arequipa no lo recordará de otra manera.

Si tuvieran la mínima pizca de educación cívica o filosófica, sabrían que el poder es efímero.

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