UHF | El secreto del peinado perfecto

Asistió orgullosa con su arreglo y, para sostenerlo, había comprado su propio frasco de fijador, que aplicaba para que el prodigio no se desbaratara con una sacudida del viento.

Por: Jorge Condorcallo

Queridos alumnos, traigo una historia lejana en el tiempo, distante de ustedes, porque tendrán que remontarse varios años hacia atrás, hasta la década de los setenta, en la que eran famosos los peinados que llevaban las quinceañeras. Las estilistas demoraban horas para lograr levantar los extravagantes y fastuosos monumentos hechos con cabello, que eran la sensación de las fiestas y reuniones sociales. Las mujeres morían por ostentar el más vistoso. El elemento clave que hacía posible la obra de belleza era el frasco de laca, que mantenía fijo, casi sólido, el peinado por horas.

Cinthia, una adolescente como ustedes, fue la sensación de la fiesta del sábado por la excéntrica forma que llevaba en su cabeza. No había chico que no la mirara con deseo ni chica con evidente envidia. Todos querían bailar con ella, todas querían ser sus mejores amigas. Tal fue su protagonismo en el baile que, al llegar a casa, cansada, se miró en el espejo y se dijo a sí misma: “La mejor noche de mi vida”.

El domingo, para sorpresa de su familia, ella mantuvo el peinado. Los padres no se rehusaron y le permitieron conservarlo al verla feliz, con la autoestima en el séptimo cielo a sus quince años.

Ante los reclamos de la madre, la hija decidió ir al colegio como a la fiesta. Asistió orgullosa con su arreglo y, para sostenerlo, había comprado su propio frasco de fijador, que aplicaba para que el prodigio no se desbaratara con una sacudida del viento. En la formación, los colegiales cantaron el himno nacional, asombrados por esa presencia monstruosa; no podían creer el atrevimiento de la alumna. De ser la sensación del sábado, se volvió la curiosidad del lunes.

Como ella se sentaba en la mitad del salón, sus compañeros de la última fila se inclinaban a un lado y al otro para poder ver la pizarra. Nuevamente fue el tema de conversación en los recreos y en la sala de maestros. Cinthia inspeccionaba orgullosa el efecto de su presencia en ese pequeño universo que era el colegio.

No podrán creerlo ustedes: ella decidió defender a toda costa la vida de su peinado. Se compró uno, dos, tres, cuatro, una docena de frascos de spray, y así como se acabaron los potes, también los días, y la primera y la segunda semana. Todos estaban asombrados y la copa de árbol, famosa por su originalidad y elegancia, perdió brillo, se mostraba deslucida y calamitosa. Y su poseedora, que primero despertó la fascinación y el amor desmedido en los muchachos de su edad, a medio mes solo provocaba una repulsión e incomodidad comprensibles.

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Pero la ingenua Cinthia, empecinada en la idea de que se veía más hermosa que ninguna, rociaba su monumental cabello con el elixir capilar que prometía un continente fuerte y eterno sobre su cabeza. Lo preocupante fue que, conforme pasaba el tiempo y por la suciedad que acumulaba su cabellera, sentía una picazón que aumentó hasta ser insoportable.

No iba a rendirse a causa del problema, ni pensaba en romper el encantamiento con agua y champú, así que pensó en un plan: cada vez que sentía escozor, y al no poder usar las manos porque sus dedos no llegaban al epicentro de su sufrimiento ni quería maltratar su arreglo, ingenió una maniobra para la cual se valió de un palito de tejer: metía el estilete y se rascaba con delicado gozo.

Nuestra amiga de la moda pudo haber vivido así si las malas decisiones nunca tuvieran consecuencias; las suyas se las cobraron un miércoles en la mañana. En la hora de matemáticas, concentrados los veintitantos estudiantes en el ejercicio que resolvía el maestro a manera de ejemplo, también la muchacha de los frascos de spray, que de pronto tuvo dos problemas: el de las fracciones y un nuevo ataque de su pelo sucio.

Con sutileza tomó el palito de su cartuchera, el mismo con que su mamá había tejido sus guantes para el invierno. Lo metió en el amasijo azabache y rascó.

Esta ocasión fue diferente: un dolor agudo le coronó la cabeza y creyó que se había picado muy fuerte con la aguja; la punción fue el preámbulo del calor y malestar que inundaron sus sentidos.

De la fiebre transitó al escalofrío electrizante que trajo la idea repugnante de morir a la mente de Cinthia. En medio de la consternación y el ruego callado para que el malestar fuera pasajero, nada grave, se paralizaron sus piernas y brazos; una fuerza invisible torció su pecho y, en un hálito, se escapó la felicidad completa. La cabeza cayó sobre el cuaderno abierto en la mesa. ¡Paff! No se movió más.

El golpe seco espabiló a todos y volvieron su atención a Cinthia; los abrumó la imagen de la compañera rendida sobre su carpeta de estudios. Del fondo llegó una risa confundida, porque el gracioso de la clase confiaba en que se trataba de una buena broma, que les tomaban el pelo; tan buena actriz era Cinthia que incluso no se percibía su respiración ni luz en sus ojos abiertos.

El maestro se acercó incrédulo, la llamó por el hombro, pero ella no reaccionó. Sus compañeros se apartaron, las carpetas traquetearon en el alejamiento de la escena, y ella no despertó. La delegada gritó su pensamiento —¡es una pesadilla, es una pesadilla!— y salió al corredor. La enfermera, advertida por los gritos de alarma que saltaron de aula en aula, llegó a la carrera. No era la primera vez que atendía a un alumno desmayado por agotamiento; se acercó y le hizo las evaluaciones de rigor mientras la sacudía y la llamaba por su nombre. Retrocedió y explicó con su boca temblorosa: “No tiene pulso”.

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Tenía que ser un error de los instrumentos o había hecho el procedimiento incorrecto, por la desesperación que cundía. La clase oraba para que volviera en sí; estaban abstraídos por el acontecimiento y no oyeron la sirena, ni se percataron hasta que ingresaron los paramédicos, quienes, tras examinarla, confirmaron lo que los presentes entendían sin ser profesionales de la salud: estaba muerta.

Los abrazó la tragedia. ¿Qué había pasado? Preguntaban con respetuosa voz baja. Pero nadie podía responder ni resolver el misterio de la historia que inició con el presuntuoso peinado y amenazaba concluir con una muerte sin sentido.

Los paramédicos extendieron la camilla para llevársela a la morgue del hospital. Cuando la cargaron para moverla, por el brusco movimiento y el roce con la silla, la mano helada cayó al piso y los camilleros no se detuvieron a reacomodarla; la trasladaron sin importarles que arrastrara el brazo completo y la palma mendigando una última atención a ras del suelo.

Estaban por atravesar la puerta,  adornada con estrellas doradas, del salón cuando uno de los escolares echó un grito que indicaba un descubrimiento:

—¡Ven eso! —avisó compungido.

Los presentes dirigieron sus aterrorizados ojos a donde el índice señalaba. Nada. Él insistió apuntando para que todos examinaran el piso de cerámica reluciente. Convencidos por la persistencia, tuvieron que ponerse en cuclillas para revisar si existía algo que observar. Lo que encontraron fue un escarmiento para sus afligidos corazones.

Una línea delgada y negra recorría el suelo. El hilo nefasto seguía sin pausa hasta llegar al dedo corazón de la muerta de la melena pomposa. Al analizar mejor el lugar, con perspicacia, los chicos y adultos hicieron muecas de desagrado: el sendero finamente trazado estaba vivo; en él palpitaban una centena de arañitas minúsculas que provenían del brazo, bajaban por el hombro, descendían del cuello y escapaban del cuero cabelludo por una ruta secreta detrás de la oreja.

En el asco y horror reinantes, el paramédico ordenó a sus asistentes:

—¡Traigan las tijeras!

Los ayudantes colocaron a la muchacha en el piso y fueron por su equipo de primeros auxilios.

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—Creo saber qué ha ocurrido aquí.

Con dos tijeras, montones de gasa y la fuerza apropiada, revolvió el cabello para desenredarlo; luchaba contra esas masas apelmazadas por el sudor y los químicos del fijador. Jaló de un mechón y se desenvolvió la maraña, como quien, al decir una frase mágica, abriera la entrada a la cueva del tesoro. Cuando dio la última vuelta, el paramédico saltó hacia atrás con agilidad y advirtió:

—¡Cuidado, aquí sigue la asesina!

En el centro mismo de la espiral de cabellos, donde los peines iniciaban su trabajo en los salones de belleza, se erguía en su natural postura de defensa una araña de acampanada panza negra, donde se distinguía una marca colorada. La odiosa criatura había hecho su nido en la cabeza de Cinthia.

—Una viuda negra.

El maestro se dirigió a sus alumnos porque debía explicarles, porque era su profesión hacerlo. Lo hizo como yo lo explicaré:

El peinado intocable fue el hogar ideal de la viuda: húmedo, grasoso y cálido. Descendió como una exploradora y se quedó a vivir complacida; puso sus huevos y se alimentaba con los insectos que cazaba cuando su anfitriona dormía. Cada vez que Cinthia sentía escozor, era la visitante no deseada; ella, sin saberlo, se defendía con el palito y la araña contraatacaba inyectándole su veneno en las semanas que convivieron. Su cuerpo joven pudo resistir hasta este día, qué pena.

En la clase de matemáticas recibió la última y letal dosis. Su corazón colapsó y la vida escapó en un pasar de hojas, por la obsesiva fijación de Cinthia por la belleza, que es una experiencia pasajera.

Aquí termina mi relato, que, si bien cumplió su objetivo, lo sé, lo noto en sus rostros, también deja una lección importante para ustedes: el valor que tiene cada ser humano no depende de un peinado o un vestido que dicta la moda, sino de los buenos modales y los valores que lleva cada uno de ustedes a la vida.

Cinthia está en la morgue, donde el doctor encargado de la autopsia y la muerte hacen su macabro trabajo, sin saber cuánto arriesgó y perdió la quinceañera por la admiración breve y banal de sus amigos.

Frases

Cinthia fue la sensación de la fiesta del sábado por la excéntrica forma que llevaba en su cabeza. No había chico que no la mirara con deseo ni chica con evidente envidia.

No iba a rendirse a causa del problema, ni pensaba en romper el encantamiento con agua y champú, así que pensó en un plan.

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