Del Centro Histórico al vertedero, la otra cara del sillar arequipeño

Un mes después del huayco de febrero, la cantera “Grande” de Añashuayco sigue paralizada: más de dos sectores continúan incomunicados, la producción cayó de seis camiones semanales a cero. En el lecho de la quebrada se acumulan cientos de llantas y desechos, mientras veinte canteros resisten frente a una laguna de aguas residuales. Sin ayuda municipal ni un seguro de salud, los artesanos enfrentan pérdidas económicas y enfermedades crónicas en un oficio que agoniza entre el abandono y la contaminación.

La Ruta del Sillar también se vio afectada, pero en menor medida a comparación de la parte baja.

Cada paso arrastra el polvo del aserrín del sillar, así como la memoria de un antiquísimo oficio que parece desvanecerse entre las grietas de una quebrada olvidada. Estamos en la cantera «Grande» (Cerro Colorado), la más importante de Arequipa después de la Independencia, donde se extrajeron los sillares que hoy sostienen las estructuras que rodean la plaza de Plaza de Armas y las torres de la Catedral, en el Centro Histórico de la ciudad. Pero hoy, un mes después de las copiosas lluvias registradas en febrero, esta cuna de la identidad arequipeña se ha convertido en una trampa de escombros, basura y aguas servidas.

La torrentera Añashuayco no tuvo piedad. En febrero, el cielo se rompió y el agua bajó con una furia que los canteros no olvidan. Roberto Carlos, presidente de la asociación «Chabelita», recuerda el momento exacto, «Empezó a las cuatro y veinte. La altura de lo que ve acá, a esa altura estaba el agua», indicó mientras señalaba las paredes que impidieron su descenso. «Me quedé atrapado por ahí abajo… hasta las nueve de la noche». Mientras el agua subía, las herramientas, el sustento de cada día, quedaban bajo el lodo. Roberto Huaricayo, un maestro de 70 años que trabaja aquí desde 1978, señala con un palo las marcas del desastre en su ranchito: «Se lo llevó todo… herramientas, cuñas, barretas, no puedes trabajar».

Roberto Carlos, presidente de la asociación «La Chabelita»
Roberto Huaricayo trabaja en las canteras de sillar desde 1978.

Ha pasado un mes y la respuesta del Estado ha sido el silencio. La Municipalidad Distrital de Cerro Colorado, que se autodenomina la «Cuna del Sillar», no envió maquinaria, ni víveres, ni trabajadores. «La municipalidad tampoco ha venido», sentenció Roberto Carlos. La única ayuda llegó recién el 18 de marzo fue de la mano de la Cámara de Comercio e Industria de Arequipa, maquinaria pesada que ayudó a los canteros por cinco horas. 

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Pero no fueron suficientes, apenas lograron despejar parcialmente los accesos, pero más de dos sectores de la parte baja siguen incomunicados. Antes del huayco, sacaban cinco o seis camiones de sillar a la semana; en todo un mes, su producción llegó a cero. Tras la ayuda, apenas lograron transportar tres camiones.

La Ruta del Sillar se ha convertido en un destino turístico de gran afluencia.

Cantera convertida en vertedero

El desborde de la Torrentera, dejo llantas, plasticos, arboles, entre otros materiales.

Bajo el sol inclemente de la tarde, el aire no solo es caliente; es espeso, cargado de una mezcla tóxica de polvo de sillar y desesperanza, así como la realidad de un entorno convertido en vertedero. Al recorrer el lecho de la quebrada, la vista se topa con más de 400 llantas de vehículos, varadas en medio de la cantera como esqueletos de goma. 

No es solo basura automotriz; hay desechos de viviendas, e incluso animales muertos. «Basura, perros muertos, entre otros», relatan los canteros del lugar. Este caos revela otro problema de fondo, la falta de señalización. No hay hitos que marquen hasta dónde puede trabajar el cantero y dónde empiezan las asociaciones de vivienda. Yower Diaz, presidente de la asociación “Nacimiento y zoológico canteros” lo explica con claridad: “Las autoridades se pelotean… quien tiene que especificarlo es la municipalidad, pero aún así hasta ahorita no lo han hecho».

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Mientras los funcionarios no asumen la responsabilidad, el espacio vital del cantero se angosta, amenazando la viabilidad de un oficio que ya está perdiendo a sus herederos. «Nuestros hijos tienen otras aspiraciones, estudian. Ya no están quedando muchos canteros», lamenta Yower, quien ve cómo la tradición familiar se quiebra frente a la informalidad y la falta de apoyo.

Desde los 90, las aguas residuales del parque industrial, terminan en la cantera

Al llegar a la tercera asociación, donde comienza la parte baja, el aire cambia. Ya no es solo polvo; es un olor fétido, insoportable. Aquí, en el sector «El Pulpito», las aguas residuales del Parque Industrial de Río Seco han formado una laguna de unos 100 metros. «Todo el Parque Industrial bota sus aguas residuales hasta esta parte… eso llega hasta el río Chili», denunció. Veinte artesanos laboran diariamente frente a este espejo de contaminación que data desde los años 90.

La salud de los canteros es una cuenta pendiente, la mayoría de los adultos presenta problemas en la columna y silicosis por el polvo. Elard Cueva Feria, conocido como «El Pistolero» por una lesión en la mano, es el rostro de esta resistencia física. A sus 49 años y con 20 de oficio, recuerda un accidente donde cayó de una pared de 30 metros. «Perdí los dedos… ya no te reciben en otro trabajo. No había otra opción que seguir trabajando», cuenta. Su historia se repite en las espaldas encorvadas de sus compañeros, hombres que caminan 20 minutos desde la pista hasta el fondo de la cantera, cargando piedra bajo el sol, sin seguridad social ni garantías. «Hemos estado afectados tres semanas sin trabajar», añade Roberto Carlos, calculando las pérdidas que ningún seguro cubrirá.

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Elard Cueva Feria, lleva trabajando 20 años en la cantera.

Los lentes oscuros obligados para el trabajador reflejan el silencio y abandono de estas zonas, pero también ocultan la mirada de autoridades que parecen no ver. La cantera «Grande» sigue allí, imponente, con sus farallones blancos que alguna vez construyeron una ciudad, pero abajo, en la parte que no sale en las postales turísticas, la realidad es otra.

Yower Diaz lo resume mientras observa el camino apenas habilitado: «Acá los canteros viven del día a día. Hacer el seguimiento a documentaciones no es posible».

El sillar es patrimonio cultural, dicen las resoluciones, no obstante, para los hombres que lo extraen, atrapados entre el huayco, la basura y el olvido, el patrimonio parece ser solo el polvo que se les mete en los pulmones y que, mes a mes, les va ganando la partida.

La Cámara de Comercio e Industria de Arequipa es la única institución que llevó ayuda a los canteros.

DATO

100 sillares perdidos, calcula Roberto Carlos calcula tras el huayco, esto es equivalente a casi media tarea y semanas de trabajo sin remuneración.

CITA

«Esto es como dos frentes, el que se ve y el que no», Yower Diaz Tejada, presidente de la asociación Nacimiento y Zoológico Canteros

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