Meditaciones arequipeñas: La intolerancia vive, y mata

Nuremberg: El Juicio del Siglo revive el proceso judicial contra la cúpula nazi y expone la batalla psicológica entre Hermann Göring y el psiquiatra Douglas Kelley, en un relato que dialoga con los dilemas actuales sobre poder y justicia.

La película recrea las tensiones y dilemas morales de los Juicios de Núremberg.

Por Jorge Luis Quispe

Quien asiste a ver “Nuremberg: El Juicio del Siglo” no puede menos que preguntarse si el nazismo está tan vivo como en 1945. La difusión y proliferación del odio a lo diferente, el odio racial, la persecución del otro, la violencia y el exterminio de quien se atreve a pensar o cuestionar son algunas de las características de lo que está ocurriendo en Estados Unidos en contra de los latinos. Y en otras partes del mundo también. En Perú hay candidatos que han saludado y se identifican sin pudor con las políticas supremacistas de Trump.

La última entrega de James Vanderbilt pone de manifiesto, en el eje central, la guerra psicológica entre el alto mando nazi Hermann Göring (Russell Crowe), o “Reichsmarschall” —como se identificó hasta el último día, detalle no menor—, y el psiquiatra a cargo de la cúpula nazi internada en el campo de prisioneros de guerra Ashcan, Douglas Kelly (Rami Malek). Se trata de una relación de poder, manipulación y cálculo; juegos mentales, combate de egos y hasta debates de carácter ético y moral: una lucha en la que ambos buscan sacar provecho explotándose mutuamente. A medida que la película avanza, se dibuja el perfil de Göring, sucesor de Hitler: un hombre extremadamente inteligente, gracioso, sociable, ingenioso y seductor, habilidades que a cualquiera le granjearían el afecto de los demás. El doctor Kelly fue designado para cuidar la salud mental de los nazis, de modo que estuvieran aptos para los juicios; sin embargo, tenía el propósito de diseccionar el mal y encontró que este puede ser encantador y, al mismo tiempo, capaz de ejecutar las peores atrocidades o, en su defecto, ignorarlas siempre que ello no interrumpa su ascenso al poder.

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La entrega grafica de manera admirable el contexto en que se producen los juicios de Núremberg, desde la entrega voluntaria de Göring —en la que el espectador no advierte que el narcisista busca precisamente eso— hasta el final. Asimismo, a la manera de un thriller, pulsan en la pantalla las tensiones que surgen por la naturaleza de un evento de esta magnitud. Por un lado, en 1945 no existía una jurisprudencia internacional en la cual basar los cargos de crímenes de guerra, y ahí radica uno de los hitos históricos más importantes, pues fue en Núremberg donde se introdujeron conceptos como crímenes de lesa humanidad y conspiración para librar una guerra contra el mundo. Otros sectores militares de Estados Unidos cuestionaron los juicios, temiendo que se registrara un precedente que pudiera ser usado en su contra, así como el rechazo o miedo a dar a los nazis la oportunidad de explicarse o justificarse ante los ojos del mundo en un proceso legal único en la historia.

Salvados estos componentes, los gobiernos de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y la URSS formaron un tribunal internacional que determinaría las penas para los acusados bajo un proceso legal legítimo, en lugar de admitir ejecuciones sumarias, como exigían amplios sectores de la época. La película recrea fielmente el proceso en el que se exhiben partes del documental “Leipzig Concentration Camp”, que expone imágenes reales de los muertos en los campos de concentración, causando zozobra y terror en la sala. Llegados a este punto, no se hace justicia al fiscal general de Estados Unidos, Robert Jackson (Michael Shannon), al mostrarlo dubitativo y por momentos confundido, cuando en realidad abrió los juicios con un potente discurso: “Los agravios que buscamos condenar y castigar han sido tan calculados, tan malignos y devastadores, que la civilización no puede tolerar que se ignoren, porque no podría sobrevivir a su repetición”. Este descargo se cierne ahora como siniestra profecía, y he ahí otro de los atributos del filme, pues logra retratar la frialdad de los acusados, la pasión de los fiscales, el drama de la prensa y los entresijos que tuvieron que sortear los responsables de derrotar la defensa de los perpetradores de la barbarie. Era un proceso en el que no solo tenían que ganar, sino aplastarlos ante los ojos del mundo para que no se volviera a repetir. En este punto se muestra en la pantalla una de las escenas más impactantes, cuando el fiscal de Gran Bretaña, Sir David Maxwell Fyfe (Richard Grant), hace confesar a Göring su lealtad inquebrantable a Hitler, desatando una ola de estupefacción, angustia y rechazo hacia el jerarca nazi.

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Hermann Göring, narcisista, ególatra, desafiante y seguro de sí mismo, fue condenado a la horca y se suicidó ingiriendo una pastilla de cianuro en la víspera de su ejecución. Robert Lay, responsable de los trabajos forzados y la explotación en los campos de concentración, también se suicidó en su celda, ahorcándose antes de ser sentenciado. Julius Streicher, editor de la revista antisemita “Der Stürmer” —una suerte de semilla de los actuales medios difusores de noticias falsas—, fue una pieza clave de la maquinaria propagandística que azuzaba el odio y la intolerancia contra los judíos; gritó “Heil Hitler” antes de ser ahorcado por sus crímenes. El doctor Douglas Kelly intentó comprender la mente maligna, diseccionar el mal y descubrir qué hacía a estos criminales diferentes o qué los impulsaba a cometer sus atrocidades. Frustrado, halló que no son muy distintos de cualquier otro. Su advertencia final es un llamado a luchar contra quienes estarían dispuestos a pasar por los cadáveres de la mitad de un país para adueñarse de la otra mitad.

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“Nuremberg: El Juicio del Siglo” es una apuesta brillante, con actuaciones supremas. Dramatiza un proceso histórico de hace ochenta años y su mensaje es absolutamente actual. Quienes deseen saber más pueden revisar los libros “El psiquiatra y el nazi”, de Jack El-Hai, en el cual se basa la película, y “22 celdas en Nuremberg”, del doctor Douglas Kelly.

CITA

“La civilización no puede tolerar que estos crímenes se ignoren, porque no sobreviviría a su repetición.”

DATO

En 1945, EE.UU., Francia, Gran Bretaña y la URSS formaron el tribunal internacional.

DATO

El filme se basa en el libro El psiquiatra y el nazi, de Jack El-Hai.

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